Sam Moraro, el usuario en cuestión, recibió un aviso por email, en el que se indicaba la recién disponibilidad de una casa de unas características similares a las que él había marcado como preferentes.
Siguió el enlace que le venía indicado en el correo, revisó la información en la ficha de la propiedad, y llamó al agente inmobiliario que aparecía como contacto.
A las dos horas, estaba enviando de vuelta por fax, un contrato firmado, que previamente había recibido según le había indicado el agente.
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